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sábado, 20 de setembro de 2014

Beatificação de FreiI Francisco Zirano, OFMConv.

CARTA DE NOSSO MINISTRO GERAL FREI MARCO TASCA À TODA A ORDEM EM OCASIÃO A BEATIFICAÇÃO DE FREI FRANCISCO ZIRANO NO DIA 12 DE OUTUBRO DE 2014.


Roma, 17 septiembre 2014

Fiesta de los Estigmas de S. Francisco

BEATIFICACIÓN DE FR. FRANCISCO ZIRANO
12 octubre 2014

Queridos hermanos:

El Señor os dé la paz.
Con gozo y gratitud al Altissimu, omnipotente, bon Signore y a la Iglesia, 
madre de los Santos, me dirijo a todos vosotros para celebrar el próximo evento
del que nuestra familia conventual será protagonista: el 12 de octubre, el cardenal 
Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, en nombre del Papa 
Francisco, añadirá al elenco de los beatos a nuestro hermano Francisco Zirano, de la provincia de Cerdeña, matado in odium fidei en la ciudad de Argel el ya lejano 25 de enero de 1603.
El mundo católico empezará pronto a conocer y amar a Francisco Zirano, 
hermano menor conventual de Sassari que, a los 39 años, “lavó sus vestidos en la 
sangre del Cordero” (Ap 7,14). Se trata del primer mártir sardo de la época 
moderna elevado por la Iglesia a la gloria de los altares en un tiempo como el 
nuestro en el que el martirio vuelve, dramáticamente, a la actualidad para muchos 
cristianos, puestos en trance de pagar su amor a Cristo con el máximo sacrificio. 
Dar la vida por no renegar de la fe, nos recuerda la Lumen gentium, es “el máximo
testimonio de amor ante los hombres, especialmente ante los perseguidores” e 
identifica al discípulo con el maestro “que libremente acepta la muerte por la 
salvación del mundo” (n. 42). El martirio, don a pocos concedido (paucis datur), es 
estimado por la Iglesia “como don insigne y suprema prueba de caridad”.
Resumir en cuatro líneas la ajetreada existencia de fr. Zirano no es fácil. Me 
limito a señalar cual fue el centro motor de su vida, la pasión dominante que 
determinó su éxito final, a saber su incansable entrega para rescatar a los esclavos capturados por corsarios musulmanes, o al menos asistirles para evitar que su desesperada situación les llevara a apostatar de la fe cristiana. Una vocación que se reforzó definitivament después de que su primo Francisco Serra, hermano conventual como él, terminara en manos de piratas argelinos. El deseo de libertad y liberación le llevó a Argelia, tierra musulmana, al encuentro del martirio. Francisco Zirano se mueve en el espíritu del capítulo XVI de la Regla no
bulada que indica a los hermanos que sienten la particular misión de estar “inter 
sarracenos” cuál ha de ser la actitud con que dar el bello testimonio de Evangelio: 
“No promuevan disputas ni altercados, mas sométanse a toda criatura por amor a 
Dios y confiesen que son cristianos”. Ni palabras ni discursos, y menos aún 
predicaciones, sino presencia ofrecida con total discreción y, sobre todo, con 
corazón pacífico y fraterno.
Francisco Zirano muere, como Cristo, encomendándose totalmente a las 
manos de Dios (“A tus manos, Señor, encomiendo mi alma”, fueron sus últimas 
palabras), guardando en el corazón aquella caridad que le impide -aun en el crisol 
de la prueba- cualquier animosidad hacia quien desgarra su cuerpo. Lo mismo que 
quedó firme ante el apremio a renegar de su fe: “Soy cristiano y religioso de mi
padre san Francisco y como tal quiero morir. Y suplico a Dios que os ilumine para 
que lleguéis a conocerlo”. Se repite la expresión, mansa e intrépida al mismo 
tiempo, del “christianus sum” presente en casi todas las Acta martyrum; expresión 
con la que los mártires de los primeros siglos respondían a los procuradores 
romanos que los halagaban, invitándoles a renegar de la fe. Tan clara y vibrante la
referencia a “mi padre san Francisco”, habla de su radicada y amorosa integración 
en la Orden. Sin que falte, en fin, el deseo hecho casi oración de que los 
perseguidores se arrepientan y perciban y acojan en sus vidas la luz de la fe a 
través del encuentro con Cristo.
El martirio de nuestro hermano Zirano encarna la caridad en grado máximo 
y nos habla de un humanismo nuevo, como el testimoniado por San Maximiliano 
Kolbe, también hermano menor conventual, en el corazón del siglo XX. A la 
deshumanización sistemática y brutal del régimen nazista, responde con el don 
total de sí mismo, ya revelado en sus célebres palabras: “El odio no sirve para nada, sólo el amor crea”.
Y nosotros, queridos hermanos, ¿qué significado daremos a la beatificación
de quien alarga la fila de testigos que decoran y enriquecen la Iglesia?
En primer lugar debemos mostrar una gratitud profunda por la gracia que 
Dios concedió a fr. Francisco Zirano, un don no sin riesgo de cruz, pues le hizo 
discípulo de Cristo hasta la efusión de la sangre. La seriedad de su testimonio nos 
veda gloriarnos de cuanto él logró si antes no apreciamos y ponemos en juego la 
densidad de nuestra fe: “Los hermanos, dondequiera estén, recuerden que se han 
dado a sí mismos y han abandonado sus cuerpos a Nuestro Señor Jesucristo, y por su amor deben exponerse a los enemigos visibles e invisibles, porque dice el Señor: El que pierda su alma por mí, la salvará para la vida eterna”. ¿Quién de nosotros se sentiría capaz de suscribir y aplicarse estas palabras del capítulo XVI de la Regla no bulada? Tal vez no seremos llamados a ofrecer la vida por el nombre de Cristo, pero hay otras formas de martirio que nos esperan justo al lado, a las que no podemos ni debemos sustraernos por cuanto representan nuestra vida y nuestro testimonio concreto de santidad.
En segundo lugar, quiero subrayar la actualidad del ministerio que ocupó buena parte de la vida de nuestro hermano, vale decir el cuidado hacia los raptados, los esclavos, los que habían sido privados de libertad y eran explotados desde la más patente negación de elementales derechos humanos. ¿Qué son los emigrantes de hoy sino personas que sufren violencia en su viaje hacia la esperanza? Guerras, carestía, pobreza e injusticia ponen en tela de juicio nuestra identidad de “hermanos universales”, capaces de acoger con un amor sin fronteras expresado en gestos concretos de atención a la persona.
Dadas las características de su experiencia de vida, nuestro Francisco Zirano tendría todas las cartas para ser patrón y protector de las personas raptadas, reducidas a esclavitud, de los emigrantes que atraviesan desierto y mar para buscar la libertad. A nosotros, sus hermanos, corresponde hacer vivo y actual 
su testimonio a través de los distintos ministerios que la Providencia nos confía.
En la memoria anual del nuevo beato mártir, que a todos recomiendo celebrar con especial devoción, éstos han de ser los sentimientos a cultivar para hacer de ella un memorial vivo más que un estéril recuerdo del pasado. Que fr. Francisco Zirano nos ayude desde el cielo y bendiga cada iniciativa, cada empresa de paz y justicia de la fraternidad conventual.

Mis queridos hermanos, que el Señor os dé la paz.

Fr. Marco Tasca
Ministro general
________________ 
A TODOS LOS HERMANOS DE LA ORDEN

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